domingo, 30 de noviembre de 2014

DE DERROCHES Y ESTALLIDOS (UNA NOCHE EN EL SUENA CARACAS)






Ahorraré tiempo al lector: no pienso justificarme por haber asistido al Festival Suena Caracas. En verdad ya me resulta insufrible ese ejercicio al que parece condenado todo adversario del régimen que se involucra en una actividad  en la que el Estado tiene hundidos sus tentáculos (y eso incluye desde la compra en un Mercal, hasta la participación en un concurso literario o mantenerse trabajando para un periódico o un canal de televisión recién adquirido por empresarios chavistas) como si de lo que se tratara en cada declaración, tuit o artículo, es de obtener un certificado de pureza de sangre opositora. Me bastará decir que fui a un concierto de una de mis bandas favoritas y a la que considero la mejor exponente desde hace unos cuantos años de eso que todavía llamamos rock en español.
A las 7:30 pm salí de mi apartamento en Santa Rosalía en dirección a la plaza Diego Ibarra. No bien había llegado a la altura de la iglesia Santa Teresa cuando me encontré con una montaña de bolsas de basura que obstaculizaban a los peatones. Sin duda, era un mal presagio, pero decidí seguir mi marcha hacia los alrededores del CNE y acceder al sitio del concierto. Ya desde ahí se podía escuchar (oh, sorpresa) a The Offspring, Red Hot Chili Peppers, System of a Down y La Vida Bohème como parte de la música que el DJ encargado había elegido para animar el ambiente mientras se esperaba la actuación de Zapato 3.
Me ubiqué casi al final de la plaza y desde allí solo podía ver a través de la pantalla gigante ubicada a un costado de la tarima. A Zapato lo recibieron con entusiasmo pero sin euforia. Recordé sin esfuerzo aquel concierto llamado “Rock en el ruedo” (1989) cuando se presentaron en el Nuevo Circo de Caracas junto a Desorden Público y Sentimiento Muerto, aunque todavía no habían grabado su primer disco. Su propuesta era fresca, irreverente. Eran jóvenes promesas del siempre vituperado rock nacional. Hoy son una banda de museo. Su show fue –no sé si hay peor insulto para un grupo de rock que se respete-  correcto y predecible. Y aunque me alegró ver que ahora disfrutan de un cierto reconocimiento popular que a la mayoría de las bandas de rock venezolanas les resulta esquivo, no creo que su presencia allí haya tenido mayor mérito que hacerse escuchar por adolescentes que nunca los vieron tocar en directo.
Con Desorden Público es otra cosa: nunca he comprado un disco de ellos, pero hay muy pocos grupos que sepan prender a una multitud como lo hace la pandilla de Horacio Blanco. Y al contrario de Zapato, mostraron que su presente es más vital y que no exhibe solo las reliquias del pasado. Ya en las redes sociales se ha colado cómo aprovecharon la ocasión para criticar al gobierno en sus narices: temas más recientes como “Todo está muy normal”, “El poder emborracha” y “Llora por un dólar” se mezclaron con clásicos como “Allá cayó” y “Valle de balas”, para recordarle a más de uno que la Quinta rebosa de lo peor de la Cuarta. Lo curioso es que más de un chavista que tenía cerca ni se dio por aludido. La mayoría aplaudió con fervor los discursos bienpensantes de Horacio y se puede decir que éste, con gran elegancia, supo salir airoso de una presentación que se sabía era polémica (Caplís, músico emblemático de la agrupación, se negó a tocar en un espectáculo que consideraba circense en medio de la crisis que vivimos) antes de que sonaran los primeros acordes de su conocida declaración de principios: “Esto es Ska, si no te gusta te vas”… Muchos nos seguiremos quedando con Horacio.
Ya era cerca de la medianoche cuando Café Tacuba empezó a tocar. Abrieron con “Pájaros” (tema de su último disco) y apenas se percataron aquellos que ya estaban vencidos por el cansancio, drogados por la marihuana, rascados de beber distintas combinaciones de caña blanca o simplemente abúlicos porque esperaban ver a Cultura Profética. Cuando buena parte de las mujeres se hallaban embelesadas cantando “Eres”, la lluvia comenzó a  arreciar. Yo quise refugiarme pero no pude. En eso había empezado a oír mi canción favorita de los cafetas y decidí quedarme bajo el palo de agua. Valió la pena. La banda mexicana es una aplanadora y todo hubiera sido mejor de no ser por unos exaltados que clamaban Cultura, Cultura, Cultura (en alusión al grupo que esperaban ver). Eso es lo malo de asistir a este tipo de conciertos en el que no todo el mundo va por las mismas razones. Una parte cómica fue cuando Rubén Albarrán empezó a largarse otro de sus discursos concientizadores (dio uno entre canción y canción) y un rasta que tenía al lado gritó sin miramientos: “No seas marico, con el poco de dólares que están cobrando ustedes por venir pa’ esta vaina..."
Café Tacuba se despidió cantando “El puñal y el corazón” y yo asumí que era el momento de irme. Bajé las tres cuadras que hay desde la Diego Ibarra hasta mi casa en medio de cualquier cantidad de charcos y desperdicios, y siempre acompañado de ese miedo que ya es parte del ADN de cualquier caraqueño que ose caminar por las noches (más aún si es en el centro de Caracas). Al llegar a casa pasé un tiempo viendo las noticias y recordando un evento con el que me parecía inevitable trazar un paralelismo: en 1989, un grupo de promotores culturales ligados a un presidente recién electo y manirroto organizaron un concierto para celebrar su toma de posesión. Los invitados eran Gilberto Gil, Fito Páez, Soledad Bravo, Ray Barreto y un grupo de soneros cubanos de cuyo nombre quise olvidarme. Nunca olvidaré el momento en que al “Manos Duras” se le ocurrió pararse ante el micrófono y decir “Viva el presidente”. La pita que recibió fue estruendosa. Muchos de los que disfrutaron de ese concierto tal vez formaron parte de los saqueos del Caracazo apenas unas semanas después.  Moralejas: no todo el que va a un concierto gratis va a celebrarte ni a aplaudir tu gestión. Ni todos los que se abstuvieron son tan radicales como parecen (de hecho, no vi a nadie que intentara boicotear el concierto como sí lo hicieron con la Feria del Libro la semana pasada). O como dijo un finado que supo de derroches, pero también de estallidos sociales: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.


sábado, 18 de octubre de 2014

CAMINOS DE LA NOVELA VENEZOLANA ACTUAL






Quizás como pocas veces en nuestra tradición literaria, la ficción que se escribe en Venezuela ocupa un espacio preponderante en el panorama de nuestras letras. Situándose apenas unos peldaños por debajo del ensayo histórico-político, y sintiendo muy de cerca los pasos cada vez más acelerados de la crónica –acaso el género que mejor está midiendo el pulso de nuestro tiempo-, la narrativa venezolana ha entrado al nuevo milenio de la mano de nuevos e insospechados lectores.

Un prejuicio ha acompañado a esta narrativa durante un largo tiempo: Venezuela es un país de cuentistas, no de novelistas. Hay, todavía, quienes van más allá y solo atinan a salvar de la aridez de este paisaje a nuestra poesía. Pero lo cierto es que apenas empezando el siglo XXI ya un puñado de narradores habían logrado posicionar muy bien sus creaciones en las principales librerías del país: novelas de Federico Vegas, Francisco Suniaga y Alberto Barrera Tyszka se cuentan entre las principales artífices de un fenómeno que no pocos comenzaron a interpretarlo en términos muy parecidos a los de un boom literario, con todo lo que hay de atrayente y repulsivo en esa denominación. En cualquier caso, resulta difícil deslindar ese auge de la producción y recepción de la narrativa venezolana en el período, de los cambios políticos que se produjeron en el país a partir de 1998. En el prólogo de su Antología del relato venezolano (2000-2012), uno de los más reconocidos estudiosos de este tema, Carlos Sandoval, deja entrever esta posibilidad:

Tal vez en la materia narrativa podrían atajarse ciertas huellas pulsionales que ayudarían a comprender, según la tesitura del mundo fictivo representado, las pasiones ideológicas desatadas en el país desde 1998, como había ocurrido antes con Gallegos, Meneses y González León (Sandoval, 2012:p.9).

Así, la novela que emerge de estos tres lustros de alta conflictividad política es producto también de una tensa relación entre las editoriales estatales y las que hacen vida independiente de la ayuda oficial. En suma: una ficción abrazada y otra abrasada por el chavismo. ¿Qué perfil estético esperar de las propuestas novelísticas que han surgido en medio de este torbellino? Digamos que la ya muy señalada tradición realista de nuestra literatura iba a conseguir –como en efecto se produjo- un terreno fértil para la cristalización de ficciones destinadas a proyectar, desde distintas vetas, eso que Raymond Williams denominaba estructuras de sentimiento, y que no es más que el conjunto de experiencias sociales de un grupo humano en un momento histórico específico. Más aún, los cambios en el contexto político venezolano ocurrían en medio de profundas transformaciones a escala global, cuyas impactantes consecuencias se hicieron sentir en todos los ámbitos de la cultura: más allá de clichés y simplificaciones, la muy debatida “condición postmoderna” sirvió para recordarnos que muchas de las premisas sobre las cuales se sustentaba el orden que conocíamos –las utopías sociales, la idea del cambio como valor, la fe en el progreso, la confianza en la razón, etc.- ya estaban en franco declive para dar paso, en contrapartida, a un tiempo de relativismo y de enorme desconfianza hacia lo absoluto. ¿Cómo incidió este imaginario en nuestra ficción? Muchos se sorprenderían al constatar que ya algunas novelas venezolanas acusaban con antelación algunos de los rasgos distintivos de la llamada narrativa posmoderna, en particular, su carácter narcisista, metaficcional: títulos como La noche llama a la noche (Victoria de Stefano, 1984), Los platos del diablo (Eduardo Liendo,1985), La danza del jaguar (Ednodio Quintero,1991) y Ojo de pez (Antonieta Madrid, 1990) exhibían esa cualidad autorreferencial que tanto se ha ponderado en este tipo de novelas, sobre todo desde que escritores como Ricardo Piglia, Roberto Bolaño o Enrique Vila-Matas se consagraran como figuras de la narrativa en lengua española a partir, entre otras cosas, del uso recurrente de estos procedimientos que en sí mismos no eran novedosos, pero que estaban vinculados a una tradición narrativa muy fuerte y reconocible en autores como Cervantes, Sterne, Joyce y Jorge Luis Borges.

Si el realismo y la autorreferencialidad -dos rasgos no siempre antitéticos, como cabría suponer- sobresalen por visibles, lo que sí parece confirmarse en la nueva centuria es el ocaso de la narrativa experimental, una tendencia estética que alcanzó cierto auge después de la primera mitad del siglo pasado y que a partir de una figura señera como Guillermo Meneses (El falso cuaderno de Narciso Espejo, 1952) encontraría propuestas y manifestaciones diversas en la obra de escritores como Oswaldo Trejo, Luis Britto García y José Balza. No ha faltado quien afirme que los desencuentros entre el lector venezolano y la literatura nacional alcanzaron su cota más alta durante este período. Reconquistar al lector significaba dejar atrás una época en la que, como señalaba Juan Carlos Santaella:

Talleres y revistas ocuparon la escena literaria en estos desordenados años del experimentalismo, el textualismo, la palabra por la palabra misma, el regodeo sintáctico y la mala asimilación de teorías literarias que lograron convertirse, prácticamente, en poéticas forzadas de muchos cuentos y poemas que sólo buscaban un mórbido placer de la palabra, la palabra cosa, la palabra estéril (Santaella,1990:p.69).

Presta a insuflar un nuevo vigor a esta ficción desvaída por la opacidad referencial del textualismo, la narrativa más reciente propondría virar hacia lo anecdótico, hacia el abordaje de la realidad de un modo más expedito y menos difuso; todo ello sin renegar de procedimientos estilísticos desplegados por los grandes renovadores del cuento y la novela en el siglo XX, pero que ahora son asumidos como instrumentos y no como fines en sí mismos, otorgándole a la historia, casi siempre explícita y contextualizada, el lugar central dentro del entramado narrativo.

Otro elemento que aportó una buena dosis de vitalidad a la ficción venezolana contemporánea fue la aparición –o consolidación en otros casos- de un importante grupo de narradoras. Ya en la última década del siglo pasado se podía constatar que algunos de los más importantes títulos novelísticos o cuentísticos estaban firmados por mujeres. Ana Teresa Torres fue una de las voces que irrumpió con mayor fuerza merced a varias obras de ficción histórica y, poco tiempo después, veríamos confirmados los dotes de enjundiosa ensayista que ya presagiaban sus artículos y conferencias de los años 90. Milagros Mata Gil, Stefania Mosca, Cristina Policastro, entre otros nombres más recientes, se sumaban a los de escritoras de dilatada trayectoria que se hallaban en fecunda labor creadora: Laura Antillano, Antonieta Madrid y Victoria de Stefano. Un hecho que en modo alguno resultó epigonal – al menos en propuestas y calidad estética- al éxito en la región de escritoras como Marcela Serrano, Laura Esquivel, Isabel Allende y Ángeles Mastretta.

La temática del exilio, prefigurada por Israel Centeno –otra voz central- en una de sus primeras novelas (Exilio en Bowery, 1998), se anunciaría como un aspecto clave para entender la deriva social acaecida durante estos años de aguda confrontación política. Dos escritores de distinta trayectoria (uno emergente y otro ya reconocido como narrador destacado en los años 90), Eduardo Sánchez Rugeles y  Juan Carlos Méndez Guédez, alcanzarían indiscutible resonancia con la recreación de un imaginario que, como apuntaba Ana Teresa Torres, abre un registro insólito en nuestro país. Sería injusto, sin embargo, encasillar la obra de estos dos narradores bajo este rótulo: la rehabilitación de la esfera íntima y sentimental, el gusto por la picaresca o, aun, lo kitsch; la vivencia urbana y la visión crítica respecto de las diversas formas en las que se ha impuesto a los jóvenes el relato de lo “nacional”, son rasgos que atraviesan en más de un sentido tanto la prosa depurada de Méndez Guédez (deudora del acervo poético venezolano) como el lenguaje directo y sin cortapisas de Sánchez Rugeles (mucho más afín a nuestra memoria audiovisual y a la cultura pop). Sirva esto último para apuntar la cada vez más notoria utilización del referente televisivo como sustrato ficcional en narradores diversos, y entre los que cabe destacar al articulista y dramaturgo Ibsen Martínez, quien con dos de sus novelas publicadas en este lapso, El mono aullador de los manglares y Simpatía por King Kong, se explaya en los vericuetos de personajes ligados al Mago de la cara de vidrio, nombre de la precursora novela de Eduardo Liendo que fue publicada en un ya lejano 1973.

También es interesante revisar el estatuto de la relación entre prosa novelística y poesía en tiempos de difuminación de las fronteras genéricas. De inmediato salta a la vista, como tendencia cada vez más acentuada, la incursión en predios narrativos de quienes iniciaron su periplo literario como poetas: Alberto Barrera Tyzska, Sonia Chocrón y Gustavo Valle, entre otros, parecen confirmarse como narradores. Otros se mantienen custodios de su labor poética y se permiten incursiones eventuales en la narrativa, tal es el caso de Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana y Jacqueline Goldberg. Una influencia poética central gravita, sin embargo, en dos de nuestros más prestigiosos narradores de esta hora. La proverbial extrañeza de José Antonio Ramos Sucre (figura principal de una de las novelas claves del periodo, La tarea del testigo, de Rubi Guerra) ha dejado huellas tangibles –y a la vez disímiles- en las obras de Ednodio Quintero e Israel Centeno. Si el desdoblamiento, el enmascaramiento de una voz monologante e intemporal se hace visible con frecuencia en muchos de los relatos –breves o extensos- del escritor trujillano, la visión del mal, hechizante como materia estética (en la que asoma el espectro de Baudelaire), contamina en diversos modos el realismo urbano, sucio, de Centeno, y lo contrapone al poderoso imaginario psíquico, rural, que se advierte en el barroco edonodiano. Y, fuera de la órbita del escritor cumanés, alcanzamos a distinguir dos elocuentes –y también opuestas- representaciones del Eros: una (Quintero), tremebunda y perversa, pero embebida de pulsiones oníricas, usualmente impregnadas de simbolismo verbal; otra (Centeno), que halla su costado profano en la textualización de lo orgánico-corporal, en el hardcore, en el relato vívido de los extremos sumisión-dominio.

Finalmente, no podría culminar este itinerario (incompleto, como cualquier aproximación panorámica que se respete) sin mencionar el creciente interés de nuestros novelistas por la exploración de géneros frecuentemente obviados por la crítica académica y el canon tradicional de nuestra literatura. En este punto no hay que desdeñar, paradójicamente, la influencia de uno de los autores hispanoamericanos más canónicos y reverenciados por la crítica: Jorge Luis Borges. Ocurre que el escritor argentino fue un sagaz operador de lo que Ricardo Piglia denomina la lectura estratégica, vale decir, la creación –desde el ensayo, la crítica o el rol de editor- de un espacio de lectura para sus propios textos. Así, Borges valoró, a contracorriente de lo que se postulaba por ese entonces (la gran novela europea de Proust, Joyce, Mann, etc.) la importancia de autores considerados menores como Stevenson, De Quincey o Chesterton. Asimismo, defendió la preeminencia del cuento ante la novela y, especialmente, dedicó gran interés a la lectura de narrativa fantástica, policial y de ciencia ficción.

Dentro de la nueva narrativa venezolana, los nombres de Fedosy Santaella y Norberto Olivar parecen sobresalir en esa búsqueda y recreación novelesca de  géneros considerados menores. Sus novelas y cuentos, impregnados de un humor rayano a veces en lo satiríco, recuperan un espacio desacralizador que estuvo ausente de nuestra ficción durante los años del relato imposible, para utilizar la expresión de Verónica Jaffé. Se advierte aquí una clara filiación con una de las proposiciones de la obra de Israel Centeno, plasmada sobretodo en su libro de relatos Criaturas de la noche: la ficción gótica. En Centeno –como también en Olivar y Santaella- lo gótico no sólo permite albergar la ya consabida galería de personajes sobrenaturales, castillos y asesinatos misteriosos, sino que deviene, de manera alegórica, en retrato decadente de la sociedad (de hecho, la frase “acá estoy dentro de una novela, en una ficción gótica”, no pertenece a Criaturas sino a El complot, la más política de las novelas de Centeno, publicada en 2002).

Si tuviese que clasificar de algún modo las tendencias estéticas que prevalecen en este momento de nuestra novelística propondría tres corrientes fundamentales.

La primera, que llamaría esteticista, plantea una visión esencialmente autónoma del quehacer literario, fincada en un lenguaje  elaborado y de fuerte inclinación al registro poético, con escaso desarrollo anecdótico y desdén por la intriga o el suspense. No incorpora el habla coloquial ni las temáticas sociales. Se aleja del hermetismo extremo de la narrativa experimental y también de los acotamientos geográficos característicos de nuestra tradición de narrativa realista o, aun, nativista. Ejemplos de esta tendencia serían las novelas de autores como Victoria de Stefano y Ednodio Quintero. También, un libro reciente e importante como Las horas claras, de Jacqueline Goldberg, sería paradigmático de esta corriente.

La segunda, que llamaría realista, se propone -como ha señalado Rafael Castillo Zapata refiriéndose a cierta tradición del ensayo venezolano-  “una voluntad de representación colectiva a partir de la conciencia individual”. Aunque se permite una diversidad de estrategias narrativas, otorga una importancia central a la anécdota y a la elaboración de tramas atractivas para el lector. Utiliza con frecuencia el discurso ficcional para desentrañar claves explicativas de nuestro presente a partir del pasado histórico o la denuncia de una problemática social concreta. En un plano más íntimo, recupera el espacio de la afectividad para testimoniar los sueños y frustraciones del sujeto contemporáneo a partir de caracteres creíbles y menos arquetipales, en los que predomina un antihéroe como protagonista. Ejemplos de esta corriente serían las novelas de escritores como Federico Vegas, Francisco Suniaga, Alberto Barrera Tyszka y Ana Teresa Torres (sobre todo en sus primeros libros).

Y la tercera, que denominaría excéntrica, se sirve de rasgos visibles de las dos corrientes anteriores, pero incorpora temáticas y procedimientos característicos de géneros menos tradicionales (el hard boiled, la novela gótica, el relato distópico, la novela de espionaje, la pornografía, la novela picaresca o la ciencia ficción). Fusiona la literatura culta con la popular. Se nutre del imaginario pop, televisivo y también de referentes provenientes del cine y la música contemporánea. Apela con frecuencia al humor y a la parodia. Ejemplos de esta corriente serían las novelas de Fedosy Santaella, Norberto Olivar y la mayoría de las novelas de Israel Centeno (No he leído aún Experimento a un perfecto extraño, la primera novela de José Urriola, pero intuyo que este escritor, lector de Houellebecq, Bioy Casares y William Gibson, bien podría ubicarse dentro de esta tendencia).

Concluiría advirtiendo que no es la adhesión a una determinada tendencia lo que dictamina la valoración de la obra de un autor, y menos la de una novela. Creo que lo que ha hecho de esta época un momento especial de nuestra novelística es la coincidencia de propuestas diversas de gran calidad. Así, títulos como Lluvia, Falke, Liubliana, Mariana y los comanches, Bajo las hojas, Cadáver exquisito, La otra isla, La enfermedad, Valle Zamuro, Nocturama, Puntos de sutura, La huella del bisonte, Bajo tierra, Arena negra, En sueños matarás y Las horas claras (contando sólo las que he leído), exhiben un excelente nivel literario que muchos esperamos se mantenga o incluso mejore hasta alcanzar el merecido reconocimiento internacional en un futuro inmediato. 

NOTAS Y REFERENCIAS

SANDOVAL, Carlos (2013): De qué va el cuento. Antología del relato venezolano 2000-2012, Alfaguara.

SANTAELLA, Juan Carlos (1990): La literatura y el miedo y otros ensayos, Fundarte.

TORRES, Ana Teresa (2012): El oficio por dentro, Editorial Alfa.




jueves, 11 de septiembre de 2014

25 NOVELAS LATINOAMERICANAS DE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS



 
 
 

 

Esta lista de novelas resume buena parte de mis intereses como lector de literatura escrita en español durante un período que abarca un poco más de 15 años. No es un secreto para nadie que en Venezuela la industria del libro está viviendo una de sus horas más críticas. Tener acceso a las obras de los escritores hispanoamericanos y, en general, a cualquier libro importado, es cada día más cuesta arriba en nuestro país. A un año de haber publicado la última entrada de esta bitácora, creí oportuno compartir con ustedes esta pequeña selección.

No están aquí los autores del boom, ni otros escritores ya consagrados de la narrativa hispanoamericana contemporánea (Piglia, Bolaño y  Aira, entre los más notorios). También es muy probable que no estén otros a quienes simplemente no he podido leer con profundidad. Y con respecto a las novelas, no todo el tiempo tuve la oportunidad de leer el título más reconocido de cada autor o pasearme por su obra entera (que es lo ideal). Sin duda, esto último será más fácil subsanarlo con los autores más jóvenes que han iniciado su trayectoria con libros extraordinarios.

 

1)    Historia secreta de Costaguana, Juan Gabriel Vásquez (2007)

2)    Agosto, Rubem Fonseca,(1990)

3)    El desierto y su semilla, Jorge Baron Biza (1998)

4)    Canción de tumba, Julián Herbert (2011)

5)    La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, Junot Díaz (2008)

6)    En busca de Klingsor, Jorge Volpi (1999)

7)    Las teorías salvajes, Pola Oloixarac (2008)

8)    Santa Evita, Tomás Eloy Martínez (1995)

9)    La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo (1994)

10) Muerte súbita, Álvaro Enrigue (2013)

11) Bariloche, Andrés Neuman (1999)

12) Las palabras perdidas, Jesús Díaz (1992)

13) Los ingrávidos, Valeria Luiselli (2011)

14) Margarita, está linda la mar, Sergio Ramírez (1998)

15) Nadie me verá llorar, Cristina Rivera Garza (2000)

16) El asco, Horacio Castellanos Moya (1996)

17) Señales que precederán el fin del mundo, Yuri Herrera (2009)

18) Formas de volver a casa, Alejandro Zambra (2011)

19) Llanto, Carmen Boullosa (1992)

20) Salón de belleza, Mario Bellatin (1994)

21) Ciencias morales, Martín Kohan (2007)

22) La neblina del ayer, Leonardo Padura (2005)

23) El viajero de Praga, Javier Vásconez (1996)

24) Los impostores, Santiago Gamboa (2002)

25) Paraíso clausurado, Pedro Ángel Palou (2000)
 
 
 

 

domingo, 8 de septiembre de 2013

EL HIJO DE GENGIS KHAN O EL REGRESO A LA COMARCA








Dos notables narraciones, dos visiones terribles –y contrapuestas- de lo humano, han sondeado antes el espacio por el que transita El hijo de Gengis Khan.  Pero si el libro de Thomas de Quincey (La rebelión de los tártaros, 1837) traza un cuadro de angustias y devastaciones colectivas, el texto de Dino Buzzati (El desierto de los tártaros, 1940) constituye el exasperante y kafkiano relato de una pesadilla individual. 

Aun así, El hijo…podría hallar filiaciones en dos novelas más próximas en el tiempo y, desde luego, en el idioma: si el peculiar enfoque narrativo evoca de inmediato a Cristóbal Nonato (1987), de Carlos Fuentes, su audacia en el manejo de la temporalidad y la ensoñación memoriosa (trasegada igualmente por la pulsión parricida) nos remite a la excelente Vidas perpendiculares (2008), del también escritor mexicano Álvaro Enrigue. Una frase de esta última bien podría estar en la nuez del texto quinteriano: “La memoria es el conocimiento del acecho constante de la muerte”. Hablamos de un espectro que nos acompaña conscientemente no sólo durante nuestro periplo vital, sino también –como sugiere con malicia la novela de Ednodio- cuando estamos a punto de nacer.

II

Si hay un elemento que condiciona la recepción de esta novela es su estructura: como se deja leer en la contratapa, nos hallamos ante una novela bicéfala –que no bifronte- en cuya resolución no deja de advertirse un propósito unitario. Aquí la exploración de la alteridad se basa menos en un posible juego de espejos entre sus partes que en la libre proyección de lo onírico o existencial. Un delirio imaginativo que alcanza su mejor cristalización en “De las estepas”, la primera sección del libro. Quintero ha dotado a su primer narrador –un bebé nonato que pronto se identifica como el hijo de Gengis Khan- de poderes excepcionales: el futuro príncipe de los tártaros canta en el vientre materno, observa ideogramas, describe las veleidades literarias de su madre, discurre sobre su identidad sexual, emprende vuelos imposibles y sueña, sugestivamente, con el futuro: si soñamos lo que ha de suceder mañana porqué no habríamos de desplazarnos en el tiempo o un siglo más (p. 104). Más interesante aún es la textura narrativa que acompaña a estos eventos. Coinciden aquí -entre otros rasgos- la prosa poética, el humor festivo o incluso escatológico, la digresión en forma de abundantes metanarraciones, el soliloquio. Un coro selecto en el que podrían participar sin disonancias escritores como Ramos Sucre, Swift o Rabelais.

No deja de ser llamativa, en este punto, la inusual incursión del autor en los predios de lo histórico. Sin embargo, es evidente que lejos de procurar una representación fidedigna de personajes, batallas y costumbres de una época, se plantea, en cambio, la utilización de elementos muy puntuales y sobresalientes de ese imaginario (la condición nómada, el carácter guerrero, el despotismo y la crueldad, todos ellos encarnados en la figura del Khan)  con una finalidad estética que vendría a materializarse y a encontrar justificación plena en su segunda parte (“De vuelta a casa”).

III

La voz monologante, ramosucreana, con que principia este tramo de la historia no sólo señala el regreso de un jinete solitario al caserón familiar, sino también le anuncia al lector, tras su viaje por un escenario situado en la realidad histórica, el retorno hacia ese territorio al que con singular perspicacia crítica Carlos Pacheco denominó “la comarca de Ednodio”. Una región ficcionalizada que si bien recrea el espacio físico donde transcurrió la infancia del autor (“el lugar agreste de la alta montaña” que se menciona en La danza del jaguar) es, además:

Una comarca rural paradójicamente “globalizada” y hecha perenne, como congelada en el tiempo, mediante eficientes y voluntarios procesos de desdibujamiento, disimulo, ocultamiento o eliminación total de marcas locales específicas y mediante la escogencia de elementos de naturaleza y sociedad propios de múltiples posibles localizaciones en el tiempo y en el espacio”.

La anécdota, subsidiaria en esta segunda parte del acervo señalado, nos pasea por alteridades, desdoblamientos y ambigüedades que partiendo del ilimitado poderío del sueño  convierten al yo narrativo en un espacio de coexistencia entre otros tantos yoes: el del jinete-narrador, el del hijo de Gengis Khan y el del autor “real”. El hombre a caballo vendría a ser no sólo un trasunto del nonato -como se señala en la contratapa- sino del propio Ednodio Quintero.

IV

Se pone de manifiesto una vez más el carácter reiterativo de esta obra que ya abarca más de cuatro décadas. Empero, hay en este último libro algunos riesgos considerables: el abismal salto en el tiempo que se produce (aderezado con múltiples referencias a la cultura pop) las alusiones –ya no tan veladas- a la política doméstica (en donde resalta la sumisión de los intelectuales al poder) y, sobretodo, la insistencia en mantener al personaje monologante como principal voz narrativa, son signos inocultables de una actitud radical, cada vez más desafiante y dispuesta – en el buen sentido- a hacer lo que quiere, siempre y cuando esto pueda asimilarse dentro una particular concepción de la literatura, que no es otra sino aquella que el mismo escritor trujillano ha definido como- “la utilización deliberada del lenguaje con una finalidad estética”.

V

No es tremendismo afirmar que Ednodio Quintero es nuestro más importante narrador vivo. Y a un escritor que ha exhibido un consumado dominio del relato en todas sus extensiones -minicuento, cuento, nouvelle y novela-, construyendo, además, un universo propio que abarca desde el primer libro de cuentos publicado en 1974 hasta esta novela de 2013, sólo nos resta desearle una vida de constantes reencarnaciones literarias. Como el protagonista de la novela de Buzzati,  Ednodio ha encontrado en la literatura –para bien de sus lectores- una Fortaleza de la que le resulta imposible escapar:

El paso de un caballo remonta el valle solitario y en el silencio de las gargantas produce un vasto eco; las matas de las cimas de los peñascos no se mueven, inmóviles están las hierbecillas amarillas; hasta las nubes pasan por el cielo con especial lentitud. El paso del caballo sube despacio por el camino blanco, es Giovanni Drogo que regresa.

Ese jinete bien podría ser Ednodio Quintero, cada vez que retorna con un nuevo libro entre sus manos.

domingo, 25 de agosto de 2013

SAFO, DE OSWALDO TREJO











Safo andaba en bicicleta por la ciudad.

   Como le fue dicho que los movimientos corporales servían de contra a la llegada del día último, los suyos eran continuos. Circulares los de la cabeza, o de afirmación y negación, propios de muñeca de resortes. Estos y los de piernas, vientre, pecho y espaldas, brazos y manos, eran movimientos que propiciaban todavías. Cada parte de su cuerpo estaba para el obligado sacudimiento, o para el temblor disimulado; unas partes entraban en reposo momentáneo y otras seguían en vigilia. Los movimientos, ejecutados también por sus amigas, que en todo la secundaban, habían hecho posible la larga travesía de Safo por el tiempo, desde los días de los epitalamios y diálogos con Atis a éstos en que todavía tocaba la cítara, todavía agarraba el volante y los manubrios, todavía llevaba casco en la cabeza, todavía…
   Safo bajaba en motocicleta a la playa, con Irana y Dica atrás, indistintamente abrazadas a su cintura, según lo decidiera ella para el día. Otras amigas eran favorecidas, pero a veces se quedaban con los pantalones puestos y con el casco entre las manos. Hero de Giaros, la rápida e inmensa corredora, nunca esperaba semejante privilegio. No necesitaba ser transportada en la motocicleta. Le bastaba con aparecer entre las amigas, casi siempre jadeante. Ellas se daban cita en los lugares frecuentados por Safo y a ninguna le importaba no ser la preferida. Todas habían llegado a parecerse entre sí, aún más en la playa donde la desnudez no permite uniformidad alguna. Sabiéndolo, era por lo que llevaban peinados altos, con los cabellos bien batidos. Por lo demás, ya habían pasado los tiempos de Timas, la amiguita muerta ante cuyas cenizas se los habían cortado. Ahora, había otros afeites, otros tintes, y trajes de baños firmados por modistos, para los todavías de todas y cada una.
   Se la veía por la playa, afirmando pasos como si pretendiera sembrar los pies en la arena surcada por la bata. Irana acudía a quitarle la bata como por adivinación, justo cuando Safo deseaba bañarse mientras sus amigas, bajo el gran uvero de la playa, la repasaban con la mirada. En el agua, alguna amiga leía a Safo páginas de sus Obras Selectas. Mientras tanto, Irana la ayudaba a sostenerse donde las olitas le permitían escuchar, o hacer acurrucándose, breves inmersiones, manteniendo la cabeza  a salvo. A veces una oleada echaba por el agua el gorro de Safo. Era cuando Irana, la depositaria de las quejas de Safo, la conducía mar afuera donde dábase la reconciliación, secándole el cuerpo. Irana desamontonaba sedas de bata y de pañuelo, colocábale el gorro y, finalmente, venían las piruetas de Safo, al introducir los pies en las sandalias. Iniciaba el regreso hacia la silla, hacia el lugar sombreado por el uvero donde recibía carantoñas de la manada de mujeres.
   Safo se inclinaba para mover los brazos como los discóbolos.
Contemplaba con insistencia un paisaje suyo, de lejanas aguas, que le había injertado al mar sin estaciones; uno de cuando sus plenitudes, puesto por ella entre los resplandores del mediodía; uno, a su vez, enviándole navíos que salían de detrás de ese paisaje, y otros vehículos acuáticos que desfilaban para la mirada de Safo, hasta ocultarse en ese detrás completando el círculo que les trazaba el tiempo. La lentitud con que se desplazaban correspondía, exactamente, a los boqueantes movimientos de la cabeza de Safo, a los agonizantes de sus brazos, también ofrendando los no menos exactos movimientos de sus amigas.
   ¡Dramático era el nacer de los movimientos en Safo!

Oswaldo Trejo (1924-1996), de Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980).