jueves, 11 de septiembre de 2014

25 NOVELAS LATINOAMERICANAS DE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS



 
 
 

 

Esta lista de novelas resume buena parte de mis intereses como lector de literatura escrita en español durante un período que abarca un poco más de 15 años. No es un secreto para nadie que en Venezuela la industria del libro está viviendo una de sus horas más críticas. Tener acceso a las obras de los escritores hispanoamericanos y, en general, a cualquier libro importado, es cada día más cuesta arriba en nuestro país. A un año de haber publicado la última entrada de esta bitácora, creí oportuno compartir con ustedes esta pequeña selección.

No están aquí los autores del boom, ni otros escritores ya consagrados de la narrativa hispanoamericana contemporánea (Piglia, Bolaño y  Aira, entre los más notorios). También es muy probable que no estén otros a quienes simplemente no he podido leer con profundidad. Y con respecto a las novelas, no todo el tiempo tuve la oportunidad de leer el título más reconocido de cada autor o pasearme por su obra entera (que es lo ideal). Sin duda, esto último será más fácil subsanarlo con los autores más jóvenes que han iniciado su trayectoria con libros extraordinarios.

 

1)    Historia secreta de Costaguana, Juan Gabriel Vásquez (2007)

2)    Agosto, Rubem Fonseca,(1990)

3)    El desierto y su semilla, Jorge Baron Biza (1998)

4)    Canción de tumba, Julián Herbert (2011)

5)    La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, Junot Díaz (2008)

6)    En busca de Klingsor, Jorge Volpi (1999)

7)    Las teorías salvajes, Pola Oloixarac (2008)

8)    Santa Evita, Tomás Eloy Martínez (1995)

9)    La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo (1994)

10) Muerte súbita, Álvaro Enrigue (2013)

11) Bariloche, Andrés Neuman (1999)

12) Las palabras perdidas, Jesús Díaz (1992)

13) Los ingrávidos, Valeria Luiselli (2011)

14) Margarita, está linda la mar, Sergio Ramírez (1998)

15) Nadie me verá llorar, Cristina Rivera Garza (2000)

16) El asco, Horacio Castellanos Moya (1996)

17) Señales que precederán el fin del mundo, Yuri Herrera (2009)

18) Formas de volver a casa, Alejandro Zambra (2011)

19) Llanto, Carmen Boullosa (1992)

20) Salón de belleza, Mario Bellatin (1994)

21) Ciencias morales, Martín Kohan (2007)

22) La neblina del ayer, Leonardo Padura (2005)

23) El viajero de Praga, Javier Vásconez (1996)

24) Los impostores, Santiago Gamboa (2002)

25) Paraíso clausurado, Pedro Ángel Palou (2000)
 
 
 

 

domingo, 8 de septiembre de 2013

EL HIJO DE GENGIS KHAN O EL REGRESO A LA COMARCA








Dos notables narraciones, dos visiones terribles –y contrapuestas- de lo humano, han sondeado antes el espacio por el que transita El hijo de Gengis Khan.  Pero si el libro de Thomas de Quincey (La rebelión de los tártaros, 1837) traza un cuadro de angustias y devastaciones colectivas, el texto de Dino Buzzati (El desierto de los tártaros, 1940) constituye el exasperante y kafkiano relato de una pesadilla individual. 

Aun así, El hijo…podría hallar filiaciones en dos novelas más próximas en el tiempo y, desde luego, en el idioma: si el peculiar enfoque narrativo evoca de inmediato a Cristóbal Nonato (1987), de Carlos Fuentes, su audacia en el manejo de la temporalidad y la ensoñación memoriosa (trasegada igualmente por la pulsión parricida) nos remite a la excelente Vidas perpendiculares (2008), del también escritor mexicano Álvaro Enrigue. Una frase de esta última bien podría estar en la nuez del texto quinteriano: “La memoria es el conocimiento del acecho constante de la muerte”. Hablamos de un espectro que nos acompaña conscientemente no sólo durante nuestro periplo vital, sino también –como sugiere con malicia la novela de Ednodio- cuando estamos a punto de nacer.

II

Si hay un elemento que condiciona la recepción de esta novela es su estructura: como se deja leer en la contratapa, nos hallamos ante una novela bicéfala –que no bifronte- en cuya resolución no deja de advertirse un propósito unitario. Aquí la exploración de la alteridad se basa menos en un posible juego de espejos entre sus partes que en la libre proyección de lo onírico o existencial. Un delirio imaginativo que alcanza su mejor cristalización en “De las estepas”, la primera sección del libro. Quintero ha dotado a su primer narrador –un bebé nonato que pronto se identifica como el hijo de Gengis Khan- de poderes excepcionales: el futuro príncipe de los tártaros canta en el vientre materno, observa ideogramas, describe las veleidades literarias de su madre, discurre sobre su identidad sexual, emprende vuelos imposibles y sueña, sugestivamente, con el futuro: si soñamos lo que ha de suceder mañana porqué no habríamos de desplazarnos en el tiempo o un siglo más (p. 104). Más interesante aún es la textura narrativa que acompaña a estos eventos. Coinciden aquí -entre otros rasgos- la prosa poética, el humor festivo o incluso escatológico, la digresión en forma de abundantes metanarraciones, el soliloquio. Un coro selecto en el que podrían participar sin disonancias escritores como Ramos Sucre, Swift o Rabelais.

No deja de ser llamativa, en este punto, la inusual incursión del autor en los predios de lo histórico. Sin embargo, es evidente que lejos de procurar una representación fidedigna de personajes, batallas y costumbres de una época, se plantea, en cambio, la utilización de elementos muy puntuales y sobresalientes de ese imaginario (la condición nómada, el carácter guerrero, el despotismo y la crueldad, todos ellos encarnados en la figura del Khan)  con una finalidad estética que vendría a materializarse y a encontrar justificación plena en su segunda parte (“De vuelta a casa”).

III

La voz monologante, ramosucreana, con que principia este tramo de la historia no sólo señala el regreso de un jinete solitario al caserón familiar, sino también le anuncia al lector, tras su viaje por un escenario situado en la realidad histórica, el retorno hacia ese territorio al que con singular perspicacia crítica Carlos Pacheco denominó “la comarca de Ednodio”. Una región ficcionalizada que si bien recrea el espacio físico donde transcurrió la infancia del autor (“el lugar agreste de la alta montaña” que se menciona en La danza del jaguar) es, además:

Una comarca rural paradójicamente “globalizada” y hecha perenne, como congelada en el tiempo, mediante eficientes y voluntarios procesos de desdibujamiento, disimulo, ocultamiento o eliminación total de marcas locales específicas y mediante la escogencia de elementos de naturaleza y sociedad propios de múltiples posibles localizaciones en el tiempo y en el espacio”.

La anécdota, subsidiaria en esta segunda parte del acervo señalado, nos pasea por alteridades, desdoblamientos y ambigüedades que partiendo del ilimitado poderío del sueño  convierten al yo narrativo en un espacio de coexistencia entre otros tantos yoes: el del jinete-narrador, el del hijo de Gengis Khan y el del autor “real”. El hombre a caballo vendría a ser no sólo un trasunto del nonato -como se señala en la contratapa- sino del propio Ednodio Quintero.

IV

Se pone de manifiesto una vez más el carácter reiterativo de esta obra que ya abarca más de cuatro décadas. Empero, hay en este último libro algunos riesgos considerables: el abismal salto en el tiempo que se produce (aderezado con múltiples referencias a la cultura pop) las alusiones –ya no tan veladas- a la política doméstica (en donde resalta la sumisión de los intelectuales al poder) y, sobretodo, la insistencia en mantener al personaje monologante como principal voz narrativa, son signos inocultables de una actitud radical, cada vez más desafiante y dispuesta – en el buen sentido- a hacer lo que quiere, siempre y cuando esto pueda asimilarse dentro una particular concepción de la literatura, que no es otra sino aquella que el mismo escritor trujillano ha definido como- “la utilización deliberada del lenguaje con una finalidad estética”.

V

No es tremendismo afirmar que Ednodio Quintero es nuestro más importante narrador vivo. Y a un escritor que ha exhibido un consumado dominio del relato en todas sus extensiones -minicuento, cuento, nouvelle y novela-, construyendo, además, un universo propio que abarca desde el primer libro de cuentos publicado en 1974 hasta esta novela de 2013, sólo nos resta desearle una vida de constantes reencarnaciones literarias. Como el protagonista de la novela de Buzzati,  Ednodio ha encontrado en la literatura –para bien de sus lectores- una Fortaleza de la que le resulta imposible escapar:

El paso de un caballo remonta el valle solitario y en el silencio de las gargantas produce un vasto eco; las matas de las cimas de los peñascos no se mueven, inmóviles están las hierbecillas amarillas; hasta las nubes pasan por el cielo con especial lentitud. El paso del caballo sube despacio por el camino blanco, es Giovanni Drogo que regresa.

Ese jinete bien podría ser Ednodio Quintero, cada vez que retorna con un nuevo libro entre sus manos.

domingo, 25 de agosto de 2013

SAFO, DE OSWALDO TREJO











Safo andaba en bicicleta por la ciudad.

   Como le fue dicho que los movimientos corporales servían de contra a la llegada del día último, los suyos eran continuos. Circulares los de la cabeza, o de afirmación y negación, propios de muñeca de resortes. Estos y los de piernas, vientre, pecho y espaldas, brazos y manos, eran movimientos que propiciaban todavías. Cada parte de su cuerpo estaba para el obligado sacudimiento, o para el temblor disimulado; unas partes entraban en reposo momentáneo y otras seguían en vigilia. Los movimientos, ejecutados también por sus amigas, que en todo la secundaban, habían hecho posible la larga travesía de Safo por el tiempo, desde los días de los epitalamios y diálogos con Atis a éstos en que todavía tocaba la cítara, todavía agarraba el volante y los manubrios, todavía llevaba casco en la cabeza, todavía…
   Safo bajaba en motocicleta a la playa, con Irana y Dica atrás, indistintamente abrazadas a su cintura, según lo decidiera ella para el día. Otras amigas eran favorecidas, pero a veces se quedaban con los pantalones puestos y con el casco entre las manos. Hero de Giaros, la rápida e inmensa corredora, nunca esperaba semejante privilegio. No necesitaba ser transportada en la motocicleta. Le bastaba con aparecer entre las amigas, casi siempre jadeante. Ellas se daban cita en los lugares frecuentados por Safo y a ninguna le importaba no ser la preferida. Todas habían llegado a parecerse entre sí, aún más en la playa donde la desnudez no permite uniformidad alguna. Sabiéndolo, era por lo que llevaban peinados altos, con los cabellos bien batidos. Por lo demás, ya habían pasado los tiempos de Timas, la amiguita muerta ante cuyas cenizas se los habían cortado. Ahora, había otros afeites, otros tintes, y trajes de baños firmados por modistos, para los todavías de todas y cada una.
   Se la veía por la playa, afirmando pasos como si pretendiera sembrar los pies en la arena surcada por la bata. Irana acudía a quitarle la bata como por adivinación, justo cuando Safo deseaba bañarse mientras sus amigas, bajo el gran uvero de la playa, la repasaban con la mirada. En el agua, alguna amiga leía a Safo páginas de sus Obras Selectas. Mientras tanto, Irana la ayudaba a sostenerse donde las olitas le permitían escuchar, o hacer acurrucándose, breves inmersiones, manteniendo la cabeza  a salvo. A veces una oleada echaba por el agua el gorro de Safo. Era cuando Irana, la depositaria de las quejas de Safo, la conducía mar afuera donde dábase la reconciliación, secándole el cuerpo. Irana desamontonaba sedas de bata y de pañuelo, colocábale el gorro y, finalmente, venían las piruetas de Safo, al introducir los pies en las sandalias. Iniciaba el regreso hacia la silla, hacia el lugar sombreado por el uvero donde recibía carantoñas de la manada de mujeres.
   Safo se inclinaba para mover los brazos como los discóbolos.
Contemplaba con insistencia un paisaje suyo, de lejanas aguas, que le había injertado al mar sin estaciones; uno de cuando sus plenitudes, puesto por ella entre los resplandores del mediodía; uno, a su vez, enviándole navíos que salían de detrás de ese paisaje, y otros vehículos acuáticos que desfilaban para la mirada de Safo, hasta ocultarse en ese detrás completando el círculo que les trazaba el tiempo. La lentitud con que se desplazaban correspondía, exactamente, a los boqueantes movimientos de la cabeza de Safo, a los agonizantes de sus brazos, también ofrendando los no menos exactos movimientos de sus amigas.
   ¡Dramático era el nacer de los movimientos en Safo!

Oswaldo Trejo (1924-1996), de Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980).




martes, 6 de agosto de 2013

SIMONE, DE EDUARDO LALO: ¿UNA ISLA QUE SE REPITE?











Vayamos al grano: Simone, de Eduardo Lalo, no es una obra maestra y difícilmente -como esperan algunos- va a marcar un antes y un después en la historia del Rómulo Gallegos o en la narrativa regional.  

Incluso, hasta más o menos la mitad del libro, parece un texto del montón. Sólo uno más entre los muchos que han abonado a la causa del narcisismo trocado en literatura confesional.

Pero es una muy buena novela. Es, además, una demostración palpable de que en este género el todo suele ser más que la suma de sus partes. Y en ese todo caben muchas veces clichés, desfallecimientos y hasta situaciones predecibles. Como ya sabemos, se trata de una licencia que posee la novela y que en otros géneros como la poesía y el cuento resultan casi siempre intolerables.

La trama de Simone se configura a partir de dos segmentos narrativos fundamentales. Por un lado, están los apuntes de un escritor sanjuanero que nos escupe a cada tanto su irritación con el entorno (y se entiende: en tiempos del consumismo del siglo XXI, una urbe del trópico no parece ser el lugar más apacible para un escritor).Su historia personal, resumida en un estado de frustración permanente, empieza a modificarse al recibir una serie de enigmáticos mensajes que percibe como una inusual estrategia de seducción en medio de la frivolidad que lo rodea. En uno de los más interesantes –porque sirve como metáfora de la relación que se establece entre ambos personajes y de la propia estructura formal de la novela- leemos:

Decía Walter Benjamin que en nuestro tiempo la única obra realmente dotada de sentido –de sentido crítico también- debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras.

Al revelarse la identidad de la anónima mensajera, y con el desarrollo de una peculiar trama amorosa, el texto entra en una segunda fase de mayor intensidad y potencia. Sobretodo porque Li Chao (quien ha firmado sus mensajes como Simone Weil) deviene en una de las féminas más rescatables que ha concebido la ficción hispanoamericana de este nuevo siglo: marginada por su propia condición de inmigrante, es, también, debido a su afición por las artes y su vocación por el estudio, una víctima del rechazo de su propia comunidad. “¿Es posible escribir –se pregunta- cuando la identidad no es compartida por nadie, cuando la inmensa mayoría de la gente no puede ni siquiera concebirte?" (p.84).

Esta condición de invisibilidad reclamada por Li Chao, extendería su manto hacia la literatura de la isla. Máximo Noreña, uno de los pocos escritores admirados por el narrador, encarna la figura del artista insobornable que resiste las tentaciones y perversiones de la industria editorial. Hacia el final del libro, la discusión de Noreña y el narrador con un escritor español recién llegado expresa el “lamento borincano” por la condición periférica de su literatura y se constituye, a mi modo de ver, en el punto más flaco de la obra.

La maldad del azar –como diría Nuni Sarmiento- ha situado a Eduardo Lalo, al menos temporalmente, en un lugar de privilegio dentro de la ficción que hoy se escribe en nuestra lengua. Y lo ha hecho acreedor de uno de esos galardones que no está exento –y menos en los últimos años- de intereses tan oscuros como los que citan los personajes de su libro. Con todo, su triunfo es valioso porque nos permite conocer una obra que trasciende los estereotipos con los que se suele asociar a la literatura caribeña (la cual, como han mostrado estudiosos como Gisela Kozak, Pausides González y Rubén Darío Jaimes -por mencionar sólo tres- no ha sido “invisible” en nuestro país) y, especialmente, porque establece un interesante diálogo con otros textos de autores latinoamericanos que tienen una propuesta  similar a la de Lalo en algunos puntos esenciales: la relación entre la plástica y la literatura; la hibridez textual, la interiorización de lo urbano y la concepción de la escritura como tejido de relaciones dentro de una visión autónoma del quehacer literario, entre muchos otros.

En un artículo reciente, El centro y las orillas, Jorge Volpi ha mostrado como la fama inesperada trastocó la recepción del arte de creadores tan distintos como J.K. Rowling, Guillermo del Toro y Roberto Bolaño. Un desafío similar se le ha de presentar de aquí en adelante a Eduardo Lalo. Sólo espero que no se convierta, al igual que aquel célebre ensayo de Benítez Rojo, en una isla que se repite.




miércoles, 31 de julio de 2013

FABIO MORÁBITO: HAY UNA BESTIA










Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
por eso soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla,
pero es astuta,
se mueve en lo profundo
donde no llego.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca,
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un túnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¿En qué momento se desbordará
para ocuparme
para integrarme más a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito,
para dejarme mudo?

                                (De Lunes todo el año, 1992)

jueves, 11 de julio de 2013

LAS RAZONES DEL ANTIBOLAÑISMO Y 5 BREVÍSIMAS REFUTACIONES









Tan fuerte y vigoroso como creció el bolañismo, así ha tomado cuerpo la reacción natural al virus más contagioso que haya padecido la literatura latinoamericana en mucho tiempo. Pero el antibolañismo está muy lejos de ser moda o una manifestación típica del espíritu esnob que habita en nuestros intelectuales. Digamos de entrada que hay razones, argumentos y motivos desapasionados para no ser un prosélito más de una iglesia que desde el 2003 no ha cejado en el empeño de imponer su ortodoxia y canonizar lo antes posible a su principal figura de culto. ¿Cuáles son, entonces, las principales premisas que sustentan al antibolañismo? Aquí están, al menos, cinco de ellas:


   ES UN ESCRITOR PARA ESCRITORES


En rigor, la crítica no apunta hacia un rasgo que distingue a escritores imprescindibles del pasado y del presente -Proust, Joyce, Woolf, Borges, Vila-Matas, entre otros- sino a la notoria dificultad de Bolaño para hacer literatura sin alusiones o referencias intertextuales. Los mejores libros que escribió durante su periplo vital llevaban el sello de eso que a falta de mejor nombre se denomina metaliteratura. Empero, Bolaño no parece ser un narrador muy convincente cuando prescinde del saber libresco para abordar otro tipo de historias.


   ES UN POETA MENOR


Aquí los dardos van dirigidos no sólo al Bolaño autor de versos seguramente prescindibles, sino a sus preferencias poéticas (casi todas en la línea de la poesía conversacional o exteriorista). Un ejemplo de ello es su admiración –rayana casi en el fanatismo- por la obra de Nicanor Parra, de quien llegaría a afirmar que con su poema Soliloquio del individuo inaugura la poesía moderna en nuestro idioma. Sin menospreciar la obra del ya centenario creador de los antipoemas, cualquiera puede percatarse de que ese texto, paradójicamente, es una obvia apología de la época del buen salvaje en desmedro de la civilización técnica. Vaya modernidad. 


   NO ES UN ESCRITOR “PROFUNDO”


En este caso hablamos de la escasa cultura filosófica que se le atribuye a Bolaño. Como bien señala Gustavo Valle en un artículo reciente, no sólo es que apela invariablemente a Lichtenberg como filósofo casi exclusivo sino que a otros ni siquiera los llama por su nombre. Así sucede con Gianni Vattimo en una conferencia de El gaucho insufrible:


Honestamente no tengo ni idea de en qué consistió (o consiste) el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando porque carecía de dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico debí enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano. Pero en resumidas cuentas el italiano no importa.


Para ser un gran admirador de Borges –apuntan los antibolañistas- el autor de Los detectives salvajes desdeñaba demasiado el valor de la cultura filosófica para concebir sus ficciones.


   SI FUE BIEN RECIBIDO EN U.S.A. ES UN ESCRITOR COMERCIAL


¿Hace falta explicar este argumento? No. Creo que no. Pasemos entonces al siguiente.


   ES UN GRAN ESCRITOR, PERO NO SE COMPARA CON LOS AUTORES DEL BOOM


Aquí el alegato del antibolañismo puede ser de una simplicidad pasmosa: sin Rayuela o Cien años de soledad no existirían Los detectives salvajes ni 2666.



CINCO REFUTACIONES BREVÍSIMAS DEL ANTIBOLAÑISMO


Sobre el argumento n° 1: Lean 2666 (sobre todo La parte de Fate y La parte de los crímenes).


Sobre el argumento n° 2: Lean Contra los poetas, de Witold Gombrowicz.


Sobre el argumento n° 3: Lean a Kafka y compárenlo con escritores-filósofos como Musil a ver quién es más “profundo”.


Sobre el argumento n° 4: Patti Smith y Susan Sontag son dos de los lectores entusiastas que tuvo Bolaño en Norteamérica (la Smith, ciertamente, mucho más que la Sontag).


Sobre el argumento n° 5: Leánse las 4 novelas en el 2053 y luego me cuentan cuál les gustó más.



P.D: decimos es en lugar de fue porque Roberto está más vivo que nunca.
                                                              Los herederos de Bolaño.